Hace todavía 11 años se levantaba temprano, con ganas de seguir durmiendo, obligado a cumplir su rutina, iba camino a una oficina que le disgustaba mucho, lo hacía bajo el tráfico infernal que se suscita entre las 7 y las 9 de la mañana en esa gran ciudad.
Sin auto, subía a transportes públicos llenos, atiborrados de gente donde su espacio vital desaparecía de una manera tal que parecería nunca lo hubiera tenido. Aun con sueño, se trasladaba como verdadero zombie entre la clase trabajadora de la capital.
Pero él, a diferencia de aquéllos personajes sin vida, había terminado una carrera universitaria que le habían dicho, le traería una vida llena de lujos, dinero, fama, fortuna y un sinnúmero de actividades que lo harían trascender. Bajo aquel ambiente matutino que cada día se repetía, se sentía engañado y tonto por haber creído en esas promesas universitarias.
Al llegar a su lugar de trabajo, un pequeño espacio de dos por dos metros, lo esperaba una pila de folders con documentos iguales, sólo cambiaba el nombre de cada expediente, y tenía que acomodarlos por caso y hacer un reporte, con las mismas letras, el mismo formato y la misma redacción al finalizar el día. Sin distracciones, podía analizar setenta expedientes en 5 horas, de las 9 a las 14, hora en que acostumbraba salir a comer y despejarse un poco, dándose cuenta de que el día ya había avanzado, pero que él no lo notaba porque la luz de su oficina era todo el día igual: amarilla, brumosa, caliente, deprimente.
Con su sueldo únicamente podía comer sopa, arroz y tortas de papa con lechuga, acompañadas de agua de jamaica y cubiertos dudosamente lavados. No alcanzaba para más.
Al regresar debía permanecer otras 4 horas, de las 15 a las 19 horas, período en que iniciaba la captura de su rutinario reporte y tenía que convivir con el personal de confianza (el sindicalizado ya no regresaba por la tarde) que, se daba cuenta, no tenían más aspiraciones que no perder el trabajo y alcanzar sus pocas y raquíticas prestaciones de fin de año.
Su Jefe, sobra decirlo, era menos talentoso que él y ganaba un poco más. No lo toleraba. Ese Jefe no explotaba su talento y sospechaba que ni aquél mismo sabía qué era el talento.
Así habían pasado 4 largos años, con miedo, desesperanza y mucha frustración. No veía salida porque debía llevar su aportación económica a casa y demostrar a sus allegados que tenía un trabajo ‘seguro’. ¡El desgaste mental y emocional ya era sumo!
Entonces… te cuento otro poco en la próxima entrega.
En tanto, te deseo un extraordinario martes. Nos vemos dentro de una semana primero DIOS, y por favor, no dejes de tomar acciones que te hagan trascender!!!






