Era una despejada tarde de verano, de un azul profundo, con nubes muy blancas y espesas hacia el oriente, el sol radiaba alegría y mostraba todo lo verde que un árbol puede ser, y cuando el viento pegaba sobre sus hojas les extraía un delicioso brillo que las hacía parecer pequeños espejitos.
Ese leve viento le hacía volar su sedoso cabello a una joven estudiante de administración que andaba aquella tarde por el centro histórico de la megalópoli. Caminaba sin dejar de leer atenta un nuevo libro que había comprado en la Editorial TDE, en la UNAM.
A lo lejos se escuchaba como un talentoso violinista le sacaba bella música a su instrumento e inundaba cada rincón de los viejos edificios, llenando de alegría a cada transeúnte que pasaba.
En el capítulo siete, el libro hablaba sobre cómo vencer ‘los miedos’ que genera aventurarse ante lo deconocido y la satisfacción que provoca vencerlos cuando crees en tus propias capacidades, pero sobre todo cuando observas que el riesgo es menor cuando te decides a hacer las cosas. La joven estudiante estaba maravillada.
Apenas por la mañana había tenido que resolver un extenuante examen de Estadística que le había quitado cuatro noches de sueño, pero sentía la satisfacción de haber cumplido con sus estudios, haber comprendido los temas, haber podido resolver sin dificultades la prueba y de haber venceido a la enorme flojera que el examen le provocó apenas unos días antes. Seguía caminando, leyendo y gozando del ambiente a su alrrededor.
Llegó al Zócalo por la calle 16 de septiembre y un rico escalofrío, causado por el viento que salía de la plancha, le estremeció; se paró en seco, alzó la mirada y comenzó a contemplar la monumental bandera mexicana que se erigía en el centro de la plaza. Los rayos del sol le pegaban iluminándola con tal esplendor que olvidó por un momento su libro. De frente tenía la colosal Catedral y al espléndido Palacio Nacional. La tarde y su sol los embellecía.
Aguardó unos minutos en aquella esquina bajo un perfecto arco del Gran Hotel de la Ciudad de México. Y sin pena, sin una gota de vergüenza comenzó a llorar, la alegría le desbordaba y se decía así misma ‘este es mi México, mi nación, la patria que tanto quiero y por la que vale la pena vivir’, su corazón latía a mil y no dejaba de llorar. El sentimiento fluía aceleradamente impulsado por aquél violín que emitía armoniosa y apotéosicamente ‘Huapango’, del gran José Pablo Moncayo. Nada le era ni le parecía indiferente, sus pensamientos y sentimientos volaban sin parar y se había fundido con el ambiente. ¡Su felicidad la había absorbido!
No muy lejos de allí, en una gris y descuidada azotea, en el cruce de Amado Nervo con la Av. Insurgentes, en la colonia Santa María La Ribera, se encontraba Luis. Viendo hacia el centro de la ciudad, y bajo la misma bella tarde sentía un miedo voraz recorriendo su mente, había dejado de contestar 5 de las 6 preguntas en el examen de Estadística. Su exceso de confianza derivó en flojera, misma que le sedujo para dormir sin ocuparse de los estudios. A pesar de estar solo, se sentía observado por sus vecinos y pensaba que su padre le reprocharía su mal desempeño, se afligía y se hundía en su pena. La soleada y espléndida tarde le era indiferente, no la veía.
Los cuatro jinetes del apocalipsis organizacional existen, y de ti depende desatarlos o mantenerlos a raya ¿Qué decides? ¿La tranquilidad y paz creada por tu propio esfuerzo, o la tribulación que generan tus propios descuidos y excesos?
Miedo, Pena, Flojera e Indiferencia pueden ser vencidos. Y si no lo crees, vuelve a leer desde el principio este artículo. Es muy sencillo hacerlo.
¡Hasta entonces y sigue trascendiendo! Nos vemos con un nuevo tema en el siguente artículo, la serie de los cuatro jinetes llegó a su final.






