Muy común es escuchar la frase ‘quisiera tener eso’, o bien la que dice ‘me gustaría mucho estar allí’; ambas son frases que denotan un deseo.
El tener un deseo, una idea o un sueño es la primer fase para arrancar un proceso estratégico. Es la fase que llamo de emocionalidad. Y una estrategia bien formulada debe nacer con una fuerte dosis de gusto, de pasión. Los enunciados que hasta aquí formulemos serán meras intenciones estratégicas (los a ver qué, los creo qué).
Posteriormente a ello, el pensamiento y la visualización juegan un papel fundamental para que las ideas y sueños se conviertan en proyectos y objetivos perfectamente definidos. Las pasiones deben transformarse en enunciados debidamente pensados y que dejen ver el lugar, momentos y circunstancias de una manera tan clara como si ya existieran. Hecho esto se establece la cosa que me he propuesto alcanzar, cumplir, lograr. Aquí formularemos la visión, misión, objetivos estratégicos (qué) y los valores (para qué).
Teniendo los grandes qué y para qué del proceso estratégico, es turno de diseñar las líneas o tácticas que desagreguen los grandes vectores contenidos en los objetivos estratégicos. Formulamos la menera en cómo se va a lograr lo que queremos.
Por cada línea o táctica debemos diseñar y desplegar acciones específicas que respondan a las preguntas generícas quién, cuándo, dónde, con cuánto, cuántos haremos, cuáles. Esas preguntas aplican a todo tipo de tareas o acciones (operaciòn, supervisión, gestión, dirección, decisión). Esta es la fase de mayor relevancia en la formulación de la estrategia, ya que a cada línea le colgaremos las acciones específicas para alcanzarla. Debemos ser muy claros en su redacción. Siendo así, nos ahorraremos mucho tiempo durante la etapa de ejecución de la estrategia, porque al ser claros, la gente que opere el plan con sólo leer lo escrito, podrá captar lo que hay qué hacer, en cuanto a sus elementos de temporalidad, espacialidad, especialidad y circunstancias (todos estos son indicadores).
Ya formulada la estrategia no queda otra cosa más que ejecutar, hacer, operar, realizar cada acción específica, una a una, en secuencia y alternativamente, o entrecruzadas. Esto es poner en marcha el plan. Luego lo evaluaremos contra los indicadores establecidos y determinaremos su grado de eficacia/eficiencia (efectividad). Al plan hay que darle un seguimiento constante, continúo y en todas sus partes.
Cierto es que un plan con su estrategia puede tener variaciones y ajustes durante su ejecución, y generalmente lo hacemos para que haya una mejora continúa, así como un aseguramiento en lograr los resultados esperados. Y la operación de una organización, mediante un plan con su estrategia, sólo es susceptible de verse modificada cuando éste existe, jamás cuando no lo hay.
La estrategia es la forma, manera, estilo, decisión pensada (única y compartida en toda la organización) que se diseña para lograr los objetivos planteados. Es un combo de acciones específicas, que bajo ciertas restricciones y consideraciones, están encaminadas a lograr un objetivo.
¿Y tú, ya tienes formulada la estrategia de tu negocio? ¡Qué esperas, adelante!






